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El testimonio de Miguel
Hay quienes sostienen que toda persona tiene un destino determinado y que por más vueltas que de la vida, este se llega a cumplir inexorablemente. Tal vez esa sea la explicación para la historia de Miguel Rodríguez, un hombre que transformó su vida al sufrir una terrible pérdida, la que al mismo tiempo le permitió, paradójicamente, realizar una trascendental obra social.

En 1988, Miguel Rodríguez llevaba una vida bastante normal en la ciudad de Lima (Perú). Había formado una bonita familia y tenía tres hijos. Se desempeñaba como director en una agencia de noticias y vivía bien, con todas las comodidades a las que cualquier familia acomodada podía acceder. Su vida cambió drásticamente a raíz de la muerte de su hijo. A continuación nos relata su experiencia:

“A fines de la década de los 80 el menor de mis hijos llamado Juan Miguel llegaba al mundo, cargado como todo niño de las ilusiones de ver cómo era eso que los adultos llamamos sociedad, pero infelizmente nació con un problema cardíaco que lo acercó a Jesús muy temprano, a sus seis meses. Nos dejaba una huella, su presencia viva entre nosotros, su sonrisa y ganas de vivir.

Ese mismo día salíamos del Hospital del Niño y nos encontramos con la mirada perdida de dos niños que habían sido depositados en la puerta del hospital. Pedían asistencia médica, pero nadie los atendía. Yo salía con mi niño en brazos y al ver esa escena y a mi hijo, pedí una explicación del caso y la repuesta fue que no habían pagado su consulta por emergencia (dos Soles, es decir, medio Euro). Estos niños que eran de la calle, no tenían ese dinero y por lo tanto su destino era… eso quedarse en las calles y terminar siendo parte del asfalto de nuestras ciudades de progreso.

Decidí pagar la consulta para que los atendiera, pero fue tarde para uno de ellos y se fue en compañía de mi hijo. En esos momentos la rabia me invadió y protesté contra todo y todos, en especial contra Dios. Salí del hospital ya no con uno, sino con dos y al día siguiente con mi esposa y mis dos hijos fuimos al cementerio a despedirlos. Ya mas tranquilo, prometimos que nunca más seriamos ausentes del dolor ajeno, que nunca más debía haber niños en las calles. Empezamos esta pelea, esta guerra por hacer que los niños tengan un sitio donde vivir. Decidí ir a buscar a estos chiquitos, fui a la calle y me encontré con la sorpresa de que no eran 50 o 100 niños, no son los cuatro o cinco que salen en televisión robando, son miles de pequeños que tratamos de ocultar haciendo parques y jardines, son niños que deambulan por la calle agarrados de la mano de Dios y no nos damos cuenta. Es una deuda social que tenemos impresionante.

Empecé a llevarles comida y medicinas, me volví una persona distinta con un compromiso limitado, yo iba a mi trabajo y en las noches estaba con ellos. Dos semanas después se me presentó una complicada situación que terminaría por cambiar mi estilo y ritmo de vida. Cuatro niños me dicen: “ya no queremos estar en la calle, queremos irnos a vivir contigo, tú eres buena gente”. Entonces la flaqueza del ser humano me hizo decir que no, pensé: un momentito, mi compromiso es dar comida, pero no llevarlos a vivir conmigo. Al final uno de ellos lloró y me dijo “yo ya no quiero mas la calle, yo quiero estar contigo”. Me compliqué la vida y llevé a nuestra casa 4 niños de la calle, los cuales se escaparon al día siguiente, pero los muy buenos retornaron al día siguiente con 8 niños más. La familia se fue multiplicando, la casa era muy pequeña y vendí todo lo que me pertenecía para irnos a vivir a un arenal a las afueras de Lima. Desde entonces vivimos con mi esposa e hijos más cerca del amor, la fe y la esperanza por alcanzar un mundo mejor.

Construimos una casita, y ya no éramos 12 sino 20, 25, 30... vendí el coche, y todo lo que tenia, ya no había nada mas y empezamos a hacer nuestros primeros negocios. Intentando salir del apuro hicimos tartas de cumpleaños, yo nunca antes lo había hecho en mi vida, pero aprendí. Empezamos a hacer pan en latas, hacíamos todo lo que podíamos, lo vendíamos y nos dimos cuenta de que éramos capaces de muchas cosas.

Desde entonces, más de 1000 niños han pasado por la comunidad, y actualmente viven 520 niños de 0 a 17 años. Cada uno de ellos es un universo diferente, hay niños huérfanos, hijos de padres condenados a cadena perpetua y un sin fin de casos, algunos de ellos desgarradores.

Con el paso de los años hemos construido casas y talleres y tenemos hasta los 17 años para formarlos en carpintería, panadería, cerámica, y además buscarles empleo. Tengo 20 que están a punto de salir y tratamos de acomodarlos en distintas empresas.

La comunidad de niños tiene en la autofinanciación el pivote principal de su vida, somos creadores de nuestro propio destino

Contamos con el apoyo de personas de muy buena voluntad en la mayor parte voluntarios que se han venido incorporando a esta pequeña labor buscando un espacio en el corazón de los más pequeños.

En la actualidad estamos haciendo todos los esfuerzos por salir de nuestra pobreza para dotar a los niños de unas condiciones de vida mas adecuadas.”



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