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Esta carta la escribió Miguel, Fundador y Director de la Comunidad de Niños Sagrada Familia, a las personas que conforman la Asociación Zapallal, en Diciembre de 2005:
Queridos amigos de Zapallal:
Esta imagen es de cada dia, siempre abriendo los brazos para luego llenarte de besos o de mocos la cara pero…vaya, que felicidad, uno se siente realmente vivo.
Esta alegría es la que les quiero transmitir, decirles que gracias a ustedes aun estos niños pueden sonreír y respirar, y soñar en un mañana mejor.
Debe ser muy difícil ayudar a quien no se ve, no se le puede tocar, es más, estamos tan lejos por ello y por otras cosas, más mi gran admiración a ustedes, a los que de una u otra forma hacen posible esta Comunidad.
Querida familia, en realidad no somos 340, somos más de 500 con ustedes; son nuestra familia, sé que no les conocemos más que a cuatro, sabemos que no podremos abrazarnos en Navidad, ni mañana, pero sabemos que el aire que respiramos es también el que a ustedes les da la vida, por ello mediante el aire nos unimos más que nunca en un solo corazón que desea amar sin condición, sin fronteras, solo amar hasta el final.
Nuestro amigo el Flaco, no se encuentra en el Vaticano, sino en medio de sus corazones, sabe tanto de ustedes que nos ha unido para siempre, mediante la Asociación Zapallal
Queridos amigos, estamos en deuda con ustedes para siempre, por ser las manos de Dios, por darnos el lujo de vivir con esperanza, por darnos la posibilidad de sentir amor y vivir en paz y con mayor esperanza
Han cambiado muchas cosas, se ha mejorado la alimentación, ahora se remodela la cocina, pero lo más importante, creemos cada vez más en la utopía del Flaco, en que algun dia seremos libres de la ambición y solo seremos viciosos del amor eterno.
Feliz Navidad y que el año que viene sea el doble de feliz que hoy. Hasta siempre el abrazo de 680 manitas llenas de amor.(Volver)
Una experiencia en la comunidad
Antonio Durán es profesor de Filosofía, actualmente jubilado, que vive en Castilleja de la Cuesta (Sevilla). Viajó entre Julio y Noviembre de 2005 a Bolivia y Perú impartiendo clases sobre valores y globalización a profesores. Cuando llegó a Lima quiso conocer la Comunidad de Niños, de quién oyó hablar en una exposición que Cristina Fernández y Juan Carlos Barrera hicieron a principios de 2005 en Camas (Sevilla). A su vuelta decidió formar parte de Zapallal, junto con las más 235 personas que hacemos posible este proyecto. A continuación podrás leer un artículo que Antonio ha dedicado a nuestra Asociaciacion:
“Es un día cualquiera del brumoso octubre limeño. Tras un primer contacto telefónico con Miguel, viene a recogerme en una vieja furgoneta Lily, una voluntaria francesa que lleva un tiempo entregada al proyecto. Ir por primera vez al Zapallal, suburbio a más de treinta Km. del centro de Lima requiere la guía de un experto. Ella me recoge y se adentra en la ciudad para realizar algunos encargos. Y yo empiezo a constatar la precariedad de los medios con que se trabaja: la furgoneta nos deja tirados en pleno centro de Lima. Tras idas y venidas y diversas llamadas, Lily deja la solución en manos de colaboradores y mecánicos y proseguimos el viaje en autobuses urbanos.
A medida que nos alejamos del centro de la ciudad, la Panamericana Norte nos lleva a través de toda un serie de asentamientos donde la gente pulula entre mercadillos y tenderetes que de forma inverosímil van jalonando todo el recorrido. Tras varias horas en un autobús atiborrado en el que no dejan de subir y bajarse gente llegamos al Zapallal. Otro autobús local nos lleva a la Comunidad de Niños.
El encuentro con Miguel no es algo que deje indiferente. Este hombre, canijo y mal vestido, lo dice todo con la mirada, con sus actitudes y con la naturalidad con que te acoge y te trata. Basta ver cómo se acercan a él los pequeños y mayores que allí conviven. Se palpa el clima de cariño en la forma con que te saludan y te besan los chicos que por cualquier motivo se acercan cuando hablamos.
Después de un breve recorrido por las humildes instalaciones, pequeños pabellones donde se alojan distribuidos por sexos y edades, asisto a la frugal comida, una sopa y unas patatas hervidas y azucaradas. Comemos cada día lo que hay, me dice Miguel, pero siempre hay algo. Una carpintería a medio techar, un elemental taller de cerámica y una panadería son los medios con que en parte se ayudan y algunos se preparan. Estamos muy lejos de autoabastecernos; ahora la entrada principal es la que nos viene de nuestros amigos de Madre Coraje y Zapallal. Eso sí, mucho espacio para el deporte. En mi primer encuentro, Miguel estaba arriñonado porque había estado todo el día con los mayorcitos allanando el terreno que iban a poner de césped para campo de fútbol. Cuando volví a verlo la siguiente semana ya estaba cubierto el campo con césped traído de un vivero. Hay una cancha de cemento para futbito y baloncesto que está siempre en activo. Una de las veces que estuve habían organizado una gymkhana Javier y Carmen, nuestros amigos de Jerez que llevaban un mes allí colaborando.
Le expliqué a Miguel que estaba dando unos cursos sobre Valores en la sociedad global a profesores en Lima y me dijo que estaba muy interesado en los temas de humanidades, que había pertenecido a los grupos de base del teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez allí en Lima. Aceptó encantado mi propuesta de presentar algunas proyecciones que tenía montadas sobre el tema. Primero para los niños mayorcitos y luego para los educadores y monitores. Fue una ocasión para dialogar sobre estos y otros temas que aprovechó también Miguel con sus intervenciones. A través de mis encuentros Miguel me contó casos como los niños que le mandan por sentencia judicial del tribunal de menores sin la menor compensación económica, o las exigencias de ciertos políticos de prestarse a pantomimas propagandistas si quiere alguna ayuda concreta. También la recomendación del obispo a unos italianos que le consultaron si veía bien que le ayudaran: “Conozco la obra pero no comparto las ideas”. Ya os podéis imaginar el resultado.
Todo esto hace decir a Miguel: “Mi único problema es que no soy extranjero ni soy fraile”. Pero los 420 niños de la comunidad comen todos los días, se visten, van a las escuelas de la zona y tienen todas las atenciones necesarias gracias a su continuo desvivirse por que nada falte y también, por supuesto, gracias a sus colaboradores incondicionales y a las ayudas de la gente que le apoyan. Cuando mi compañero Juan Miguel vino a Lima, traía entre sus objetivos visitar el Zapallal del que había tenido noticias, lo mismo que yo, a través de las charlas y proyecciones de Cristina y Juan Carlos. Su encuentro fue impactante. Hizo un completo reportaje y una exhaustiva entrevista a Miguel sobre todo lo que hace y tiene en proyecto hacer. Al final le prometió hacer todo lo que estuviera en sus manos, hacer suya aquella causa que era ni más ni menos que la causa de los pobres.
En ello estamos con toda la gente amiga que comparte la misma sensibilidad”.(Volver)
Carmen y Javier son un matrimonio jerezano que durante el mes de Septiembre de 2005 han vivido en la Comunidad de Niños. A continuación describen parte de su experiencia:
“El 31 de Agosto partimos desde el aeropuerto de Barajas hacia el Perú con destino la Comunidad de Niños Sagrada Familia, ubicada a 37 kilómetros del centro de Lima. Durante el largísimo vuelo fuimos repasando mentalmente todos los motivos que nos habían empujado a iniciar aquella experiencia y todos los miedos que nos impedían conciliar el sueño. Entre los primeros, la necesidad de devolver a la sociedad algo que gratuitamente nos habían dado y la necesidad personal de ayudar a mejorar la vida de los demás. Entre los segundos, el miedo a no dar la talla en una situación desconocida y de no ser útil después del tiempo y el dinero aportado.
Al anochecer del citado dia nos encontramos sobrevolando Lima, de la que en primera instancia nos llamó la atención su inmensidad, kilómetros y kilómetros de luces que te hacían creer que te estabas acercando a una gran ciudad. Craso error, una vez tomada tierra y alejarte del aeropuerto comienzas a darte cuenta que aquello no es lo que parecía, sino cerros y cerros de arena negra cubiertos de casas, la mayoría de madera y esteras y algunas, las más lujosas, de ladrillo. Esa primera impresión no se nos va a olvidar nunca. Durante todo el mes seguimos viendo lo mismo y no dejaba de impactarnos.
En la Comunidad nos instalaron en una casita con vistas a los arenales construidos expresamente para nosotros, y de unas calidades acorde con el resto. No nos podíamos quejar, teníamos todas las necesidades básicas cubiertas.
Esa misma noche tuvimos la ocasión de conocer al famoso y ya familiar para nosotros Miguel. Cumplió todas las expectativas que teníamos de él. Lo primero que te llama la atención es su sonrisa que no hace más que transmitir su paz interior. Su humanidad, su disponibilidad para escuchar, dar un abrazo o dedicar la mejor de sus sonrisas a todos y cada uno de sus niños. Solo cuando se le conoce se puede comprender la importancia de la obra que dirige.
La acogida por parte de los niños no se puede contar, hay que vivirla. Desde el primer momento te adoptan como padre, maestro o compañero, y te hacen partícipe de su vida. Nuestro trabajo consistió desde el principio en dar besos y abrazos a todo el mundo, con todos sus avios, churretes, mocos y manos no siempre limpias. Al principio te coge un poco de sorpresa pero después te olvidas de tus escrúpulos, abres los brazos y que sea lo que Dios quiera. Íbamos preparados para hacer otras cosas que también surgieron, ayudar en cocina, cargar sacos, hacer tareas, y un montón de cosas más, pero si tuviéramos que destacar lo fundamental nos quedamos con eso, dar y recibir cariño que es lo más bonito y gratificante que se puede hacer en la vida…
Y ahora nos queda, como dice la canción….Y volver, volver, volver…” (Volver)
José Manuel, Francis y Juan Carlos son tres jóvenes jerezanos que en Octubre de 2006 vivieron en la Comunidad de Niños. De las muchas vivencias que trajeron, José Manuel (secretario de Zapallal) nos relata un breve resumen de las sensaciones allí vividas y que a continuación reproducimos.
“Perú desde el cielo es bonito. Sobre todo si es de noche. Miles de puntos de luz resplandecen ahí abajo. Piensas que sobrevuelas una gran urbe como Lima, pero no es así. Todavía queda un buen rato para tomar tierra. Al día siguiente, comienzas a asimilar que eso que observabas con atención unas horas antes no eran más que focos luminosos esparcidos por entre los cientos de asentamientos humanos que pueblan la región.
Antes y todavía sumergidos en la noche de nuestra llegada, Miguel nos recoge en una vieja camioneta atestada de niños. Llevan ahí más de cuatro horas, pues el vuelo llegó con mucho retraso. Sus viejas ropas y caras manchadas, constituyen el primer encuentro con la realidad que nos espera. La llegada a la Comunidad tiene lugar casi en total oscuridad.
Allí y pese a la hora, somos recibidos por un gran gentío y comienza un desfile de besos que ya no nos abandonará hasta el día de nuestra marcha.
La mañana siguiente llega pronto y todavía con el cansancio en el cuerpo. Se produce entonces la primera de las innumerables e intensas sensaciones que se experimentarán en los días sucesivos. Me encuentro en un comedor atestado de niños que sostienen un bollo de pan y una taza de leche. El “profesor Miguel” pide un voluntario para la oración. Todos levantan la mano. Uno de ellos comienza a rezar y es acompañado por el resto.
Comienzo a darme cuenta de donde estoy. He llegado y soy uno más entre ellos. Es emocionante.
A partir de entonces, ya te sientes parte de esta gente. Se está cómodo en la Comunidad, pese a habitar una chabola y tener que lavarse con agua fría. El roce con los niños lo compensa todo. Al salir de casa te conviertes en una especie de imán. Quieren que juegues con ellos a “pollito” y casi todos saben ya cómo te llamas y de dónde y para qué vienes.
Tuve ocasión de visitar a los más pequeños y los encontré hacinados en una pequeña habitación repleta de cunas. Confieso que aquella mañana faltó poco para derrumbarme. No es fácil asimilar cómo un bebé al que ves por vez primera te abre sus bracitos y te dice papá. Vi a siete bebes en una cuna. Conocí a César y a Sandra quien ya no lloraba porque no le quedaban lágrimas. Me traje sus caras, como la de muchos otros, pero siempre hay alguna que recuerdas con mayor claridad. Fue poco después cuando Miguel nos informó de que en los próximos días llegarían diez nuevos bebés, por lo que la nueva “casa pulgas” debería quedar terminada para entonces. “¡Vaya tontería”, puede pensar cualquiera. “¡Ir a Perú para ponerse a trabajar de albañil o pintor!”. Tal vez, pero puedo asegurarles que me sentí la persona más útil del mundo durante cada una de las horas que pasé trabajando en aquella casa.
La Comunidad es un auténtico milagro. Se produce cada día y lo ves ante tus propios ojos. Los distintos educadores son parte de ese milagro. Vas conociéndolos y al igual que sucede con los chicos, aprendes de todos y cada uno de ellos. Recuerdo con especial cariño a Willie, quien bien podría ser mi padre y que vive en una casa peor que la nosotros habitábamos. Cada mañana te saludaba y te sonreía como quien da los buenos días a su maestro, sin sospechar siquiera que era yo quien se sintió durante todo aquel tiempo como un alumno suyo. Luego estaban la señora Lidia, nuestro buen amigo “el chino” y un buen sin fin de personas que contribuyen a que el engranaje de la Comunidad funcione lo mejor posible día tras día. Tras ellos existen chicos que ejercen funciones de apoyo. Se me ocurren entre otros citar a Jeanette, Edu o Liz. Fue todo un lujo el llegar a intimar con ellos. Al poco, ya te veían como un amigo especial y para toda la vida. Lo mismo que con los pequeños pero con bastante más argumento.
Lo del profe Miguel es caso aparte. Sí, les digo “profe” porque así le llaman todos. Yo también terminé dirigiéndome a él de esa manera. No cabe otra opción. Podías verlo en el desayuno sirviendo la leche, sumido en organizar cientos de cuestiones de la Comunidad, cavando una zanja o jugando apasionadamente al fútbol o a volley. Me marcaron su profunda serenidad en todo momento y cómo no, su pasión por los niños.
Su despacho es un trasiego continuo de pequeños y mayores. Puedes estar tranquilamente reunido con él y de un momento a otro irrumpirán varios niños que terminarán por encaramarse sobre sus rodillas. Lo que diferencia a la Comunidad de Niños Sagrada Familia de cualquier otra institución es ese amor que Miguel entrega a cada uno de sus pequeños. Cuando se entra en el comedor, la norma es saludarles gritando: “¡¡buenos días familia!!”, a lo que todos responden con un estruendoso “¡¡buenos días...!! seguido de tu nombre. Constituye ni más ni menos que la esencia de la Comunidad. Todos forman una gran familia.
Una mañana les freímos 500 huevos y otro día nuestro buen amigo Francis hizo que todos comieran pollo. Gracias a la colaboración de mucha gente de Zapallal, también nos llegó para llevarlos de excursión al campo y pasar con ellos un día inolvidable.
Mi perdición llegó la primera vez que canté para alguno de los pequeños una de las canciones de los payasos. A partir de entonces, me llegaban a cada momento con sus papeles para que les escribiera las letras del “Carro de papá” o de “Hola don Pepito”.
Con los grandes funcionaron “Imagine” y “Yesterday”. Cada vez que me veían solían decirme que ya se sabían casi toda la letra y la melodía. Todos terminamos cantándolas al unísono en clase de inglés. Nunca olvidaré sus agradecimientos.
Me acuerdo mucho del morenito Fernando. Un día mientras le tenía abrazado me dijo que si me quitaba liendres. “No Fernando, no creo que tenga”, le dije, “llevo el pelo muy corto”. Su cumpleaños es el 22 de febrero y le llamaré.
La última noche inauguramos la nueva casa de los bebés que Zapallal ha financiado. Miguel quería que viésemos que nuestro trabajo había merecido la pena. De todas formas ya lo sabíamos.
Hicimos una cena de despedida. Creí que no soportaría el momento de decirles adiós, pero milagrosamente me sobrepuse. Les dije que lucharía por todos ellos. Nos abrazaron y nos dieron cartas llenas de amor. Lloré en el aeropuerto leyendo la de Judith.
Al llegar, todos me preguntaron qué tal había ido. La respuesta siempre fue la misma: hay que vivirlo por uno mismo para saber cómo es. Aquellos veinte días tuvieron la intensidad de veinte años. Aprendimos lo que se aprende en ese tiempo o quizás algo más. Jamás me sentí tan vivo.
Cuando nació mi hija me hice amigo de los niños. Ahora tengo dos familias, una en España y otra en Perú. Les dije que volvería y así lo haré. ¿Se apunta alguien?”. (Volver)
¡¡Buenos días de nuevo!!
A continuación os voy a explicar en que consiste básicamente la alimentación:
-Desayuno: dos bollos, sin mantequilla, ni ningún tipo de condimento y normalmente, un vaso de Cuaker, que viene a ser agua hirviendo con un puñado de cereales…La verdad es que no es santo de mi devoción y agradezco enormemente el dia que tenemos la fortuna de poder tomar un buen vaso de leche, lo que por desgracia no es muy habitual.
-Comida: lentejas con arroz. En ocasiones especiales, arroz con lentejas. También se comen muchas patatas, con diversos condimentos que yo he decidido no preguntar lo que son porque casi nunca me entero de nada y casi prefiero no saberlo. Básicamente absolutamente todo es con arroz. A casi todas las comidas le echan especias o picante. Eso es lo que está matando mi estómago. El almuerzo no es escaso y no está nada malo…pero es un autentico cañonazo para mi organismo.
-Cena o Lunch: sopa o un vaso de arroz con leche…muy ligerito.
Debido al inminente regreso a las aulas, estuve comprando los uniformes. Constan de falda, camisa, calcetines…¡¡lacitos de colores para el pelo y corbata!!¿Os lo podéis creer? No tienen dinero casi ni para comer y les obligan a ir al colegio vestidos de modelos de la pasarela Cibeles. Para cualquier familia de aquí el dinero que cuesta toda esta parafernalia es un autentico problema, pero cuando “tu familia” consta de 650 niños es aun más preocupante. Hay cosas que de verdad que nunca entenderé…
El lunes volví a ir a la playa con la Casa de Pequeñas de la señorita Olinda. La mayoria le tiene un miedo atroz al agua. No se querían meter solas así que a una de ellas en brazos y la llevé a la hondo el agua me llegaba por la cintura). No os podéis imaginar la sonrisa que tenía. Cuando ya estaba más tranquilita no paraba de repetir..”¿Qué bonito, que bonito!”. La verdad es que no medité lo que estaba haciendo. Cuando volví a la orilla...¡¡había unos 50 brazos en alto (no exagero) pidiéndome que les llevara a lo hondo!! Pues nada, mucha paciencia y vámonos que nos vamos. Lo peor era que cuando cogías a una, las otras se te cogían de los brazos o se te subían escalando por la espalda para que las llevaras. Se creen que estás hecho de acero o algo de eso. Vuelvo a repetir que merece la pena por verlas disfrutar de esa manera.
Miguel te enseña a no juzgar a nadie. Y lleva toda la razón. Hay historias que tendríamos que vivir cualquiera de nosotros para ver como reaccionaríamos. Esto no es nada fácil. El otro dia me contó de una madre que dejo a sus 3 hijas con una notita que decía que las quería mucho pero que acababan de diagnosticarle sida y le quedaba poco de vida, que cuidara de ellas....Ante eso, no te queda otra que callarte tu bocaza y aprender. Aquí tienes mucho que aprender y poco que enseñar.
Besos y abrazos (Volver)
Tenemos muchísimo que aprender
Empezaré presentándome: mi nombre es Lili, tengo 23 años y hace dos que acabe Fisioterapia. Decidí irme de voluntaria a mediados del año pasado pero la búsqueda de una ONG que me facilitara información sobre algún proyecto interesante resultó ser una tarea más difícil de lo que me esperaba. Cuando estaba a punto de tirar la toalla, alguien me habló de la Comunidad de Niños Sagrada Familia, de un tal Miguel, y de la labor que este desempeñaba en el AAHH Keyko Sofia, a las afueras de Lima.
Al poco tiempo de este encuentro, tuve la oportunidad de asistir a una comida benéfica en Jerez organizada por la Asociación Zapallal. Escuchando atentamente las experiencias de algunos voluntarios allí presentes pude entender aún mejor en que consistía la obra y qué era exactamente aquella Comunidad que a tantos de ellos cambiara la vida. Los ánimos y facilidades que me ofrecieron cuando dí a conocer mi interés en visitarla fueron el empujón definitivo que necesitaba para embarcarme en esta aventura. Me parece mentira pero hace solo unos días se cumplieron tres meses desde que aterrizara, con la maleta cargada de miedos e ilusiones, en la Sagrada Familia.
Aunque aquí cada minuto es una caja de sorpresas, la mayor parte del día lo ocupo en la casa de las niñas Grandes (16-20 años). Su verdadero tutor es el Profe Miguel, pero debido a sus innumerables ocupaciones, no puede dedicarles el tiempo que quisiera y es por ello que, al poco de llegar, me pidió que le echara una mano en esta ardua tarea.
En total son sesenta, con lo que aprenderme sus nombres me ha costado más de un dolor de cabeza, y ganarme su respeto, aún más.
Cada una de ellas es un mundo: cada una tiene sus propios miedos, sus propios sueños, sus propios problemas, sus propias ilusiones….y tratar a cada cual con la dedicación y esmero que merecen y necesitan es el primer y más importante problema al que me enfrento cada mañana. Dentro de este variopinto grupo las hay estupendas, cariñosas, trabajadoras…otras más reservadas, a las que aún les sigue dando vergüenza hablar conmigo…y otras, las menos, que son una auténtica pesadilla. Tengo que estar detrás de ellas constantemente, porque, a poco que me descuido, faltan a clase, recogen más comida de la que les toca, descuidan sus labores….Son estas las que me hacen pasar los peores momentos. Momentos de riñas, enfados y peleas, a los que, sinceramente, no venía preparada. A su vez, y por extraño que parezca, son ellas las que me provocan las mayores satisfacciones, cuando, simplemente y casi por arte de magia, cambian su estado de ánimo y vienen a contarme algún problema, a hacerme sonreír o “simplemente” a darme un beso.
A las mayores, las que están cursando estudios universitarios, se les exige, y de esta forma aprenden en mayor o menor medida a valerse por si mismas, pagarse con sus propios medios sus billetes de autobús. Con dicho objeto, los fines de semana hacen alguna comida para vender a las personas que visitan la Comunidad. Dado que pudimos ver que no era suficiente, y como la mayoría acude al Taller de Costura, les propuse aprovechar los retales que sobraban en dicho taller para hacer colchas, las cuales podré vender a mi regreso a España.
Conocer lugares así no es tarea fácil. Acostumbrarse a ver cada día la miseria que rodea la Comunidad, no es fácil. Interiorizar la impotencia que supone conocer la situación de muchos de los niños, sabiendo que no podrás hacer prácticamente nada por ayudarles salvo ofrecerles todo tu apoyo y cariño, no es nada fácil. Pero de lo que si estoy segura es de que acercarme a los niños que en tantísimas ocasiones pude ver en la televisión, el verlos día a día, cara a cara, el poderlos besar, abrazar, jugar con ellos…está suponiendo, sin lugar a dudas, la experiencia más importante de mi vida.
No me arrepiento para nada de la decisión que tomé al venir aquí porque he aprendido a valorar la suerte de nacer al otro lado del Atlántico. Creo que todos deberíamos tener la fortuna de conocer la triste realidad que existe en este “otro mundo”. En lugares como este, al contrario de lo que pudiera parecer, tenemos muy poco que aportar pero, de estos niños, tenemos muchísimo que aprender….(Volver)